Atlético perdió 2-1 frente a Independiente Rivadavia en el debut en el Apertura en un partido que expuso, con crudeza, dos versiones opuestas del mismo equipo. Un primer tiempo preocupante, sin respuestas ni ritmo, y un complemento más digno, empujado por la reacción individual y el orgullo. El resultado terminó siendo una consecuencia lógica de esa dualidad.

La primera cara fue la de un equipo superado. Atlético jugó el primer tiempo sin conexiones, sin circulación fluida y sin caminos claros para atacar. La sensación fue la de un equipo fuera de tiempo, como si la pretemporada todavía estuviera pasando factura. Independiente Rivadavia, en cambio, mostró orden, intensidad y una velocidad de ejecución que marcó diferencias desde el inicio.

Los datos del arranque explican el desconcierto. En los primeros 30 minutos, Atlético apenas generó dos aproximaciones aisladas: una carambola de Gianluca Ferrari que terminó impactando en el travesaño y un remate de Renzo Tesuri que se fue por encima del travesaño. Nada más. Producción casi nula para un debut que, hasta ese momento, era decepcionante. El empate llegó por una acción aislada: José Florentín le cometió una falta a Leandro Díaz y el “Loco” cambió el penal por gol. Hasta allí, el “Decano” no había construido juego.

El planteo inicial, con dos extremos bien abiertos -Ramiro Ruiz Rodríguez y Nicolás Laméndola- y un “9” definido, no funcionó frente al orden defensivo de la “Lepra”. Los ataques se diluyeron por las bandas y el medio campo quedó partido. Ezequiel Ham y Kevin Ortiz nunca lograron coordinar movimientos, y esa desorganización fue aprovechada por Matías Fernández, que encontró espacios y manejó los tiempos. En el fondo, la zaga central sufrió en el retroceso y tuvo problemas para controlar a Alex Arce. A eso se sumaron las dificultades en la pelota parada, otro aspecto que volvió a mostrar fisuras.           

El segundo tiempo, luego del parate por la tormenta con granizo, mostró otra cara. No tanto desde lo colectivo, pero sí desde la actitud. Atlético salió con otra energía. Tesuri empezó a asumir protagonismo, Laméndola intentó desequilibrar y el ingreso de Franco Nicola le aportó frescura. El “Decano” empujó y comenzó a jugar más cerca del arco rival, aprovechando algunos errores de descoordinación defensiva del local.

Para sostener ese momento y contrarrestar el ataque visitante, Hugo Colace decidió modificar la estructura: sacó a Ham de la mitad de la cancha e hizo ingresar a Clever Ferreira para formar una línea de cinco defensores. La intención fue blindar el arco de Luis Ingolotti. Durante buena parte del complemento, la apuesta dio resultados. Atlético cerró espacios, redujo riesgos y pareció encaminarse a un cierre más controlado.

El fútbol, sin embargo, no siempre premia las reacciones tardías. Cuando el empate parecía asegurado, una pelota parada volvió a exponer una falencia que había quedado latente desde el inicio. Alejo Osella ganó de cabeza tras una serie de centros y marcó el 2-1 definitivo. Un golpe directo, casi simbólico, que terminó de castigar un partido mal iniciado.

Atlético mostró dos caras bien definidas. Una primera, lenta y desordenada, que condicionó todo el desarrollo. Y otra más competitiva y orgullosa, que llegó tarde. La derrota dejó una enseñanza clara: reaccionar es necesario, pero en el fútbol, muchas veces, no alcanza.